Sacar más partido de los equipamientos


En el ideario del Programa Electoral de 2007 se reclama “un urbanismo y unos equipamientos concebidos para la integración urbana, el equilibro de la ciudad y el acceso a servicios y dotaciones de calidad”. Integración, equilibrio y servicios. Y en el capítulo 6, “Equipamientos para toda la ciudad”, se indica que “es necesario que el Ayuntamiento realice una política de equilibrio entre los barrios de la ciudad y termine con el proceso de concentración de equipamientos de calidad sólo en una zona (oeste)”; para lo que se considera necesaria la “elaboración de un Plan General de Equipamientos, de tal manera que cada barrio sepa lo que tendrá en el futuro”. Y así, se concretan una serie de equipamientos en diversas zonas. Por ejemplo: “Construcción de un equipamiento con proyección de ciudad en el Plan Parcial Los Santos-Pilarica”. O también: “El Ayuntamiento, en colaboración con las entidades financieras, apoyará, con microcréditos, el establecimiento de actividad comercial en barrios donde apenas existe y que tengan especiales dificultades de desarrollo urbano”.

Por otro lado, hace unos días hemos visto de qué manera tan frívola se planteaba por el Ayuntamiento la decisión sobre la localización de un futuro “Palacio de Congresos”, del que se ignoraba todo (su necesidad, sus características, su financiación), salvo que –así se hacía ver- vendría estupendamente para todo. Intentaremos plantear a continuación algunas pautas para ordenar los posibles futuros equipamientos de cada barrio, partiendo de los criterios de IU, expresados en el ideario del programa municipal vigente, complementados con lo expresado (aunque redactado de nuevo) en uno de los capítulos del libro titulado Urbanismo para náufragos (escrito con P. Gigosos y publicado en Lanzarote, Fundación César Manrique, 2010), que a su vez llevaba por título “Un amable plató centrando cada burgo”.

1. Comencemos con Marc P. Siguiendo un método que creemos útil, intentemos promover en la ciudad espacios que, aunque en origen se planteen para el bienestar (un cierto bienestar) de los indigentes, se hacen extensivos a todos los “náufragos” y a toda la población. Espacios que, sin duda, nos vendrán bien a todos. Para empezar, acojámonos a los comentarios que Marc P., un indigente de París, le hizo a Patrick Declerk (un médico francés, autor de un libro sobre los indigentes de París titulado precisamente Los náufragos), sobre el Plateau Beaubourg: “Me gustaba enormemente ese sitio, ese barrio, el ambiente, sobre todo los que escupían fuego, músicos, mimos, magos (…). Entonces yo, mezclado con la masa, me sentía revivir. Me encontraba bien allí, tumbado en el suelo como otros muchos, con mi litrona se sobrentiende, mirando sus bobadas y escuchando su música a pleno sol. Algunas veces e incluso a menudo, entraba dentro del Centro [Pompidou] para mirar el video y muchas cosas variadas (…). Tenía muchos amigos en ese recinto de marginales. Todo está en saber portarse bien y eso es extremadamente importante. Portarse bien, ése es el quid y lo que entiendo por portarse bien, es ante todo no presumir, ni ser bocazas”. Y explica Declerck: “Su frecuentación de la explanada de Beaubourg nos es presentada como una especie de espacio/tiempo idealizado. Allí estaba bien. La gente a su alrededor se divertía. Todo era gratis. Todo el mundo era amable. Beaubourg era el sitio de la felicidad regresiva. Es frecuente que en los relatos de indigentes aparezcan así un lugar y un tiempo benditos. Protegido de las intemperies de la vida, es un paraíso perdido”. Pues bien: pretendemos construir por toda la ciudad lugares como ése.

2. Pensemos una ciudad de burgos. Del de París hemos tomado el nombre (y la imagen: ver la foto de cabecera). Plateau, significa bandeja, banco o meseta, pero también escenario o plató de cine. Nos gusta esa idea del plató cinematográfico. Y luego está beaubourg, burgo hermoso, el término burlesco con el que se designaba la zona. Lo primero, la idea de los burgos. Una ciudad pequeña es un burgo; pero una mediana está compuesta de varios burgos. Por eso, efectivamente, Burgos se llama Burgos: porque se constituyó a partir de la integración de diversos enclaves urbanos separados, cada uno de los cuales se consideraba un burgo. Un mecanismo que ha estado en las primeras etapas de muchísimas ciudades y que nos permite subrayar la importancia de considerar la ciudad como un mosaico de piezas diversas. Pensemos, pues, que nuestra ciudad de Valladolid está compuesta de burgos. Es preferible este término al de distritos, que alude a una división excesivamente burocrática. Y también posiblemente sea preferible al de barrios, que subraya excesivamente la subordinación a la ciudad de que forma parte. La palabra burgos sugiere mayor autonomía que la palabra barrios, y tiene (o así lo creemos ver) más densidad cultural que el término distritos. Dispongamos, por tanto, en cada uno de esos burgos su correspondiente plató.

La división en piezas nos permite, además, recuperar la vieja fórmula urbanística de distribución de servicios por unidades o grupos de población adecuados. La vieja teoría de los umbrales. Comunidades políticas efectivas deberían formularse en torno a esas cifras de población: de tres a diez mil habitantes. Coherente con las propuestas clásicas de las unidades de vecinos, y con las formulaciones de Paul Goodman, realizadas a partir de cálculos sobre la Grecia clásica. Lo cual no va a mermar la potencialidad de esos platós. Pues el Beaubourg está en el centro de París, que es a su vez, más o menos, el centro del mundo. Pero la plaza de Sant Agustí, del barrio del Raval de Barcelona, puede ser tan acogedora para estas funciones como la misma Plaza de Cataluña. Y la Piazza Ducale de la pequeña población de Vigevano (59.000 habitantes, cerca de Milán) no necesita tampoco más población. Ni la Raadhuisplein de Haren (18.000 habitantes, junto a Groningen), ni ninguna otra. ¿Qué tienen que tener esos espacios para resultar atractivos y confortantes para todos? Tienen que constituirse como lugares de reunión, vivos, vitales. Tienen que ser un imán.

3. Un lugar de reunión, un imán. Fijémonos primero en el espacio urbanizado, en el suelo de la plaza, en el vacío del cántaro. El Plateau Beaubourg se caracteriza por la limpieza del centro, que no se ocupa sino por la gente que llega. Frente a las plazas organizadas alrededor de algún personajillo (algún conde, por ejemplo), aquí se ha preferido la vacuidad: nada en el centro, para que pueda llegar todo. Por supuesto, deberá estar bien conectada esta plaza a la red viaria principal. Y al vincularse a esa red de movilidad urbana se consolidarían como lugares de bienvenida y acogida. Deberían impulsar la presencia de niños y ancianos, jóvenes y mayores, chicos y chicas. Representar a los distintos grupos sociales, siendo útil, desde el punto de vista funcional, para todos ellos. Aunque trabajemos de parte, conviene asegurarse de que todo el ciclo de la vida pueda representarse, con sus correspondientes escenarios. Pero especialmente para los ancianos, para quienes dijimos que era importante sentirse dentro del sistema urbano, y que en consecuencia deberían preverse lugares con horizonte largo y abiertos también a la memoria, pero sobre todo que desde ellos se viese o sintiese la actividad económica, los mercados, el tráfico. Se requerían plazas o plazuelas que pudieran calificarse de vitales, activas, centrales. Sin perjuicio (es obvio) de asegurar una esencial conexión a la red civil (al sistema peatonal, amplio y seguro que, entre otras cosas, enlace los equipamientos de niños y ancianos con sus viviendas), se impone también una buena conexión con los sistemas de transporte metropolitanos.

4. Los usos del perímetro. Pero también son importantes los usos del perímetro, que le proporcionan igualmente vitalidad y sentido. Usos que precisan y aportan centralidad urbana. Pues el Plateau Beaubourg no sería el mismo sin el Centro Pompidou. ¿Qué usos? Abramos el campo de visión. Por un lado, deben preverse centros asistenciales (de diverso tipo), y locales para la participación pública (centros cívicos, casas del pueblo). También sabemos de la conveniencia de instalar oficinas de información general para cualquier persona y cualquier desorientación, ampliando los objetivos de las oficinas de turismo, distribuidas por la ciudad. Y no podemos olvidarnos de la cultura urbana, con sus equipamientos. Pues bien: señalemos ahora la conveniencia de integrar esta amplia serie de instalaciones en unos centros de barrio urbanísticamente poderosos. Integrarlos alrededor de esos atrios civiles que acabamos de definir, esos platós que queremos caracterizar.

No sabríamos definir exactamente qué habrían de contener esos espacios, en cada caso. Depende de diversos requerimientos. Pero para empezar, y centrándonos en los dos más básicos, habría que disponer escuelas (primarias y secundarias) y centros asistenciales primarios (no sólo centros sanitarios, sino también de carácter social y asistencial). También esos centros de “ventanilla única”, de información para los trabajadores. Por supuesto, allí estaría también algún enlace con las oficinas de empleo. Lo cual nos lleva a hablar del viario que le da acceso. La accesibilidad de estos equipamientos básicos les lleva a constituirse como verdaderos centros de acogida. Ámbitos de servicio público sin papeleo (los papeles vendrán después), de atención directa y asistencia a toda la población, sin distinción, en las necesidades que expresen. Para unos se trataría de información de cualquier tipo relacionada con sus propios objetivos; para otros, orientaciones para la supervivencia. Y en cualquier caso, la sensación de bienvenida (a la ciudad, al barrio, a la sociedad misma) debería quedar patente, tanto por el diseño urbano y arquitectónico como por el funcionamiento y trato. La hospitalidad, manifiesta. Una condición de puesto fronterizo. Casa en el camino expresiva de la fraternidad en el urbanismo.

La necesidad de vitalidad (antes dijimos centralidad) induce a pensar en otros usos o actividades complementarias. Teatros, bibliotecas o museos que la ciudad puede proporcionar, tanto en equipamientos de gestión pública como privada (cines, comercios, oficinas, incluso viviendas). Instalaciones para dotar de vitalidad a la plaza. Lugares donde van los viajeros y los turistas, pero también oficinas adonde acuden los trabajadores. Mezcla de todos. Si es posible, vinculados a la universidad. Vinculado a usos centrales, a la actividad de la ciudad. No puede ser, en ningún caso, un lugar marginal. Vida nocturna. Noche y día. Y lugar para el espectáculo (poética). Una ciudad más griega. Y el espectáculo es el centro, arrastra centralidad.

Espacios que son, en parte, centros cívicos. O al menos vinculados a ellos. Y a los órganos de gobierno local, cuando los haya (pequeños concejos de barrio), situados cerca del cruce más concurrido, con tres elementos: una arena para la discusión pública, servicios públicos en torno a ella y un espacio para uso de los diversos proyectos de la comunidad (espacios del tamaño de una tienda, cedidos por una renta mínima a grupos que se planteen tareas políticas, servicios experimentales, estudios o defensa de cualquier objetivo, sin restricciones ideológicas. Un lugar para la participación. Pues a la participación hay que buscarle un sitio. Allí debería garantizarse la presencia libre de quienquiera. Ámbitos de gestión de la ecología urbana. Un centro integrado donde todos podríamos vernos las caras y por eso sería para todos ventajoso. Nos pondría en contacto con la realidad, nos permitiría conocer a gente con la que no solemos cruzarnos.

5. La imagen del plató. De manera que por ahora pensamos en una serie de equipamientos, cada uno con sus exigencias funcionales específicas, y espacios públicos abiertos, atrios civiles vinculados a los anteriores. Un conjunto de edificios singulares y un espacio exterior que también debería diseñarse de forma positiva, no sólo como espacio resultante de la agregación de las anteriores construcciones. Una mezcla de locales cerrados y abiertos, públicos y privados, una suerte de terrenos comunales que toda comunidad necesita. Donde importa significar el edificio público, pero donde quizá pudiera ser más “emblemático” el mismo espacio abierto que los edificios. O la integración de todos ellos.

Hemos hablado de las superficies necesarias, la centralidad de los usos, las conexiones a los espacios libres. Veamos ahora su distribución en la ciudad y las características de la imagen (representatividad, dignidad de lo público, y fácil de leer). Por de pronto, y esto es algo evidente, deberían distribuirse por toda la ciudad. No es de recibo que los equipamientos más problemáticos, por ejemplo, se localicen en determinados barrios, más o menos pobres. Todo lo contrario, habría que asegurarse de su buen prorrateo entre todos los barrios residenciales: la equidistribución de las ventajas y las cargas urbanas es un principio básico del urbanismo. Pero interesa, además, una imagen adecuada, propia de los espacios públicos. Construir lugares universalmente reconocibles. Conseguir que sea identificable por cualquiera. De lejos, de cerca. Un auténtico “no lugar”. Hacer uno de los elementos primarios que proponía Aldo Rossi. Jugar, por ejemplo, con los tres colores republicanos (rojo fraternidad y estancia, azul libertad y movimiento, blanco igualdad). Que sea tan expresivo el lugar que al verlo pueda decirse: aquí hay una ciudad.

Conseguir un espacio representativo. Que dé cuenta de todos los trabajos de la ciudad. Pues hay muchos tipos de trabajo que no tienen expresión urbana alguna, mientras que otros ocupan los lugares más prestigiosos con sus edificios. Orlado de árboles. Y que el lugar resulte cómodo. Que posea un lenguaje apropiado, acogedor, pero también innovador. Que represente el Estado del bienestar. Pues los equipamientos públicos son la expresión urbanística del Estado del bienestar. Son la forma, la condición local del Estado del bienestar en la ciudad. Por eso la defensa de las conquistas sociales de la segunda mitad del siglo XX debe incluir la protección del carácter público de los equipamientos que forman parte de los sistemas generales, pero también, y sobre todo, los que constituyen el sistema local de equipamientos y que se refieren a los “cinco gigantes” (la Necesidad, la Enfermedad, la Ignorancia, la Miseria, la Pereza) que debía derrotar el Estado del bienestar: los equipamientos asistenciales, sanitarios, escolares y deportivos (N. Timmis, Los cinco giangtes, Madrid, Ministerio de Trabajo y A. S., 2001; or. de 1995; y Zygmunt Bauman, Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Barcelona, Gedisa, 2000; or. inglés de 1998). Y las viviendas públicas. Centros, edificios e instalaciones que deben plantearse en todos los sectores con carácter público (a los que podrían sumarse, además, otros privados).

6. La gestión pública. Sigamos con el debate de lo público y lo privado. Y digámoslo pronto: público. Es necesario, capital, que los centros educativos, sanitarios y asistenciales previstos en estos espacios sean públicos. Se ha dicho que “los servicios para los pobres son unos pobres servicios”, y que se marcan, además, con el estigma: sólo harán uso de ellos (salvo resistentes convencidos) quienes no puedan hacer otra cosa. Pero la ordenada institución del Estado del bienestar está en contradicción absoluta con el clima de la sociedad de consumo. En su origen pretendía precisamente que el sistema de equipamientos tuviese el carácter natural de las infraestructuras. Que el servicio de educación fuese algo parecido a la red de agua (igual para todos en todas partes). De ahí que se evitase, en principio, limitar las prestaciones sólo a quien “demuestre su pobreza”, pues esa decisión tiene otras consecuencias de más largo alcance.

Pues afecta al sentido de comunidad. Sólo cuando estos servicios se orientan a la sociedad toda y son tomados como un derecho son capaces de promover un sentido de comunidad. En caso contrario estamos, nuevamente, como hace siglos, bajo el signo de la beneficencia. El modelo no selectivo es la expresión de la fraternidad social. Asegura las prestaciones a todos del mismo modo que los integrantes de una familia aceptan que todos tienen el mismo derecho al alimento, sin hacer primero un inventario de la comida disponible o averiguar si hay suficiente para calmar el apetito de todos. Investigar los ingresos lleva a la división, no a la integración; excluir, y no incluir. La comunidad queda dividida entre quienes se consideran que dan sin conseguir nada a cambio y los que son vistos como meros receptores, sin dar nada. Es cierto que la política de centro derecha prefiere los “cheques” (la experiencia reciente en este sentido, la de Suecia). Pero tal experiencia no invalida lo anterior. Y seguimos proponiendo unos equipamientos públicos a los que se acceda sin investigación de ingresos.

Habría que conseguir, además, que el plató fuese un espacio de todos. Un espacio público en el sentido más fuerte. A lo largo de la historia del urbanismo siempre ha habido propuestas de espacios para el encuentro de toda la comunidad urbana. Lugares donde todos habrían de coincidir, y que servían de alguna forma para trabar comunidad ciudadana, por mero contacto o contigüidad física. Frente a esos propósitos siempre se alentaron también los inventos de los poderosos por eludir tal contacto, que construían sus túneles y pasadizos para evitar ser vistos, salvo cuando les conviniese. Proponemos que en este lugar se llevasen algunos trámites administrativos. Por allí, por esos espacios, pasaríamos, por tanto, literalmente todos.

7. El estándar y Valladolid. Recapitulemos. El rectángulo formado por la plaza Georges Pompidou y las calles Renard, Rambuteau y Saint-Merri, que incluye el Centre Pompidou, mide unos 125 x 150 m. Perfecto. Para empezar nos sirve, e incluso puede ser demasiada superficie (la plaza de Alberto Fernández, con el Centro Cívico Rondilla, tiene unas dimensiones en torno a 100 x 30 m., aprox.). El plató que proponemos se compondría de una plaza vital, amplia y libre de artefactos en el centro. Y una serie de instalaciones alrededor, que incluiría un centro educativo público, un centro sanitario, otro asistencial, etc. Dependiendo, naturalmente, de la programación de la política distributiva de cada uno de estos sectores. Pero los que correspondiese a cada “burgo” se concentrarían en ese espacio integrado. También oficinas para las gestiones administrativas que hemos citado y para la participación. Desde luego, un centro cívico. Un espacio cuidado, donde se pudiese descansar o incluso, si viniese al caso, llegar a dormir (donde pudiera descansar Marc P.). Allí destacaría la oficina de información (no sólo turística). Y también se levantarían (no sólo en el rectángulo, también en los alrededores, por supuesto) otras instalaciones privadas, y también viviendas. Un espacio, en suma, que parecería que concentraba la ciudad entera.

En Valladolid hay espacios que se acercan a esa definición. Plazas vitales, que concentran usos de centralidad y son representativas. Pero también hay mucho, demasiados sectores que se están diseñando sin una sola plaza digna de ese nombre. Habrá que hacer un repaso sistemático de las distintas zonas, para que los equipamientos no sólo cumplan sus requisitos funcionales, sino para que aporten, además, esa tensión cívica que les reclamamos. Para que atiendan a “la integración urbana, el equilibro de la ciudad y el acceso a servicios y dotaciones de calidad” que planteábamos en el Programa de 2007.

Foto del encabezamiento: Una de las bandas del Plateau Beaubourg, París (imagen procedente de
http://www.akworld.net/).

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