Radiografía de un candidato

Incluyo, a continuación, las respuestas a la mitad del cuestionario (idéntico para ambos candidatos) preparado por la periodista Helena Madico, y que corresponde a uno de los puntos previstos para la campaña electoral de las Primarias Abiertas de IU Valladolid 2010.

-De ciudadano a político en proyecto, ¿por qué y por qué ahora?
Vivimos un ataque sin precedentes a la política. Hasta ahora se había venido preparando el terreno, jugando a ver, una y otra vez y en distintos medios de difusión (en la prensa, en el cine, en las tertulias) la labor política como algo interesado, poco noble, más bien sucio y con frecuencia directamente corrupto. Esa ha sido una gracia habitual en las últimas décadas. Ver a los políticos poco menos que miserables. Muy gracioso todo, pero con efectos letales. Porque ahora mismo vivimos el brutal ataque de una serie de personajillos, que ni siquiera se atreven a dar la cara (los llamados “especuladores” por unos, y “los mercados” por otros), que intentan poner de rodillas y humillar a toda la clase política, para consolidar su primacía. Quienes tenemos claro que la acción política es absolutamente necesaria para poder llevar una convivencia mínimamente digna (¿quién organizaría la vida en común, si no hubiese políticos: los militares, los curas, los economistas?), tenemos que comprometernos. Y aquí estamos.

-¿Qué le vincula a Izquierda Unida?
Desde hace muchos años colaboro con IU de Valladolid. He realizado trabajos de urbanismo, de forma continuada, con Javier Gutiérrez, Jesús Anta y Alfonso Sánchez. Y he participado en numerosas reuniones (en IU se hacen muchas reuniones) de todo tipo.

-El partido trabaja en esta etapa por refundar una izquierda global, ¿cuáles deberían ser las claves de esa renovación? ¿No puede ser malentendido este proceso como una nueva utopía?
Recuperar la igualdad como signo de la izquierda. Es su motor, lo ha sido siempre. Pero no la igualdad de oportunidades (es decir: la que tienen quienes juegan a la lotería, donde todos acaban perdiendo, menos uno), sino la de resultados. Con todas las cautelas que se quiera, matices, estímulos, concesiones,… pero igualdad. Y de ahí sale todo lo demás. Si son iguales un mozambiqueño y un alemán, ¿por qué se impide el acceso del primero al país del segundo? Eliminar esas aristocracias (porque eso es lo que son: diferencias por razón del nacimiento) es la tarea de la izquierda. Proponer la apertura de fronteras, por ejemplo (con todas las cautelas que se quiera, plazos, matices, prudencias, precauciones, cuidados,… pero apertura).

Porque además, la búsqueda de la igualdad no sólo beneficia a los “más desiguales”, sino a todos. Podemos verlo incluso desde el punto de vista más material. Fíjese: recientemente se ha publicado un libro de R. Wilkinson y K. Pickett (dos autores que no aluden al pensamiento de la izquierda), titulado Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva (Madrid, Turner, 2009), donde se expone y justifica, con todo detalle y claridad, que la igualdad es también condición necesaria e imprescindible para el bienestar. Igualdad, por tanto, por sus ventajas socioeconómicas. Pero también, y sobre todo (desde mi punto de vista), por justicia social. ¿Qué puede ser entendido como una nueva utopía? Pues claro: eso es lo que se pretende.

-¿Habla esa renovación de un cambio de modelo económico y social que nos aleje de crisis internacionales como la actual?
Habla de todo. Y por supuesto de la necesidad de cambio de modelo económico y social. Veamos un caso: un gran empresario cuyas empresas, una tras otra, van cayendo. Quedan en la calle miles de personas sin empleo, y miles de proveedores arruinados. Sin embargo, el citado gran empresario continúa con su “ferrari” sin problemas, pues no responde con su patrimonio personal de la crisis de sus empresas. ¿No es indecente? ¿No es insoportable? ¿No hay que cambiar el modelo?

-¿En qué Valladolid le gustaría vivir?
Se lo diré desordenadamente (y con seguridad me olvidaré de cosas: esto no es un programa), pero podrá servir para entender la música de lo que me gustaría proponer. Por de pronto (aunque no sé si es la mejor manera de empezar) me gustaría una ciudad donde se impulsase la cultura. Vivir bien es escuchar música, ver cine y teatro, recorrer exposiciones, asistir a conferencias y debates. Ahora se programan muchas cosas, pero me gustaría que se viviesen más, que tuviesen más efecto.

Me gustaría que fuese una ciudad donde se impulsase también una cultura urbana bien distinta a la que hoy vivimos. Donde se valorase lo que se tiene (digámoslo llanamente: lo viejo). Donde no se pensase destruir las casas por ser viejas, y se conservasen, por el contrario, por razones económicas y ecológicas, pero también por reconocimiento a quienes las hicieron y vivieron. Que cuando hubiese que cambiarlas por ruinosas, se hacía; pero hasta entonces se rehabilitaban. Toda la ciudad era objeto de una rehabilitación cuidada, completa y continua.

Una ciudad que está en el mundo y participa del mundo. Y se nota en lo que hace. Considera que lo que sucede en Angola o Canadá es también su problema y su responsabilidad. En los patios de los colegios se planta un árbol que recuerda que vivimos en un solo mundo y que somos mezcla (un símbolo, desde luego; pero los símbolos también alimentan).

Pero también se considera el centro del mundo (una paradoja que nos gusta mantener). Que se organiza en torno a plazas vitales y muy abiertas, donde se focalizan los principales equipamientos y sirven de lugar de encuentro y sentimiento de la ciudad misma. Donde hay un sistema de seguridad social también municipal. Donde destacan las casetas de información turística (con la famosa “i”), pero también otras casetas, más llamativas aún, más accesibles a todos, y también más centrales, donde se acoge y se recibe a cualquier persona desorientada que llega a la ciudad (en esta ciudad los consideramos equipamientos básicos, más urgentes que cualquier otro).

Una ciudad amable, donde se cuidan los detalles, se puede andar desde el centro hasta el campo sin tener que atravesar esas barreras de acero de las rondas (hay fórmulas para conseguirlo, se lo aseguro), donde se puede ir en bici, y dejarla en la calle, en múltiples aparcamientos o junto a las fachadas, como en Copenhague. Donde todo está lleno de “microparques”, y poblado de toda clase de árboles, pues nos gusta recordar que esta ciudad crece sobre un valle de aguas, un terreno generoso con la vegetación.

Habitada por gente de todas las edades y toda condición en todas partes. Que valora la igualdad (entre hombres y mujeres, entre todas las personas) como una de sus riquezas principales. Una ciudad donde se acompañan las soledades. Que resuelve su seguridad de forma conjunta y compartida, sin crear espacios vecinales segregados y cerrados. Que se divierte en fiestas como ninguna otra, pero que lo funda en el derroche de energía de la gente, y no del presupuesto. Porque gasta con austeridad (pues se recuerda que lo dijo Aristóteles: la austeridad es el fundamento de la amistad), y no a lo tonto.

Se han asumido los principios y soluciones de la llamada “ecología urbana” en la gestión del agua y los residuos, en la gestión de la energía, en la selección de materiales, en la movilidad. Por sus calles principales corre el tranvía (ya sé que hay un debate con este medio, pero yo lo apoyo), y se han creado varios aparcamientos en las afueras, incluso en otros municipios, conectados con un magnífico sistema de transporte público que hace innecesario moverse en coche por unas calles mucho más agradables. El pequeño comercio puebla las principales calles, y está distribuido por toda la ciudad aportando vitalidad, una vez que se ha templado la implantación de nuevos centros (Ikea, por ejemplo, se ha reducido a su espacio comercial, pues se ha eliminado la macro-operación inmobiliaria que pretendía que lo acompañase).

Una ciudad que coordina sus propuestas urbanísticas estructurales con los municipios de alrededor. Y que no le importa que una determinada instalación se levante en otro municipio, si es lo más razonable para el conjunto. Ha crecido el turismo, hay varios centros comerciales (bien distribuidos), se ha creado algún polígono industrial. Pero no se considera que cuantos más polígonos, mejor; ni cuantos más centros, ni cuantas más viviendas. Al contrario, se busca la buena proporción. Hay coches, pero en su medida. El AVE nos conecta con otras ciudades, pero no se considera el elemento principal de transporte interurbano, sino que forma sistema con otros muchos trenes ordinarios que mallan el territorio.

Una ciudad donde se hubiese soterrado finalmente el tren. De una forma mucho más barata (y mucho más amable, todo hay que decirlo) que la del proyecto inicial. Y que se hubiese hecho, como tantas otras cosas, no ya sólo por el interés de la mayoría, sino porque la mayoría estaba interesada en cumplir con los sueños de algunos de sus vecinos. Por eso la participación en los asuntos de gobierno público era tan alta: porque se miraban los intereses propios, desde luego, pero también se había extendido una cultura de buscar el interés general.

Una ciudad, en fin, nada preocupada por tener edificios “emblemáticos”. De hecho, a los vallisoletanos nos hacía gracia pensar que en algún momento estuvimos dando vueltas a la idea de embarcarnos en alguna construcción que protagonizase la vista de la ciudad, cuando lo que ahora valorábamos más era la idea misma de la ciudad como pantalla de cine. Blanca, discreta, al fondo, que casi nadie se da cuenta de su presencia. Que es necesaria para que corra la película, pero que no la secuestra en su beneficio. Al revés: lo que interesa es la historia que se cuenta. Y en la ciudad, la vida que se vive. Por eso, decíamos, nos gustaba ver Valladolid sin grandes rascacielos. Sino más bien como ciudad horizontal, tendida, discreta. Que apenas te has marchado, ya te espera.

-¿Y en qué Valladolid no le gustaría vivir?
No querría seguir con un Valladolid en tensión. Plagado de coches (con sus ruidos, su peligro, su contaminación, por mucho que se electrifique esa misma contaminación), de obras por todas partes (¿no sería mejor un poco más de orden en las obras, un poco menos de agobio?) y de malos modos (con un gobierno enfadado con todos y a todos reprendiendo: a la oposición -amenazándola cada minuto con los tribunales-, a los funcionarios, a los vecinos, a los compañeros de partido, a los alcaldes cercanos,… a todos).

No me gustaría vivir en una ciudad injusta, que discrimina zonas y barrios en sus decisiones. Ni en una ciudad improvisada, donde se hacen obras por la mera ocurrencia de algún regidor, sin un estudio apropiado que lo justifique, pero con ganas de hacer obra por el hecho de hacerlas. No me gustaría una ciudad donde primen los intereses y el cálculo electoralista. Donde siga dominada, allá en las alturas del cerro de San Cristóbal, por el yugo y las flechas (¿no es hora ya de quitarlo?). Formada por piezas separadas (llamadas, de forma rimbombante, “ciudad de la justicia” o cosas similares). Una ciudad desmesurada, sin sentido alguno de la medida, donde se mantiene esa enorme, inmensa, absurda superficie de suelo urbanizable (las llamadas “áreas homogéneas”), fuera de todo cálculo y sentido, por la incapacidad de enfrentarse a los grandes promotores. No me gustaría vivir en una ciudad que aprueba ordenanzas llamadas antivandálicas y que son, en realidad, amedrentadoras.

-Esboce en cinco puntos el que podría ser su programa electoral.
He dicho que me gustaría concentrar el programa en torno a diez o doce ideas básicas. Pero si se puede sintetizar en diez, se puede hacer en cinco. Lo diré telegráficamente (ya me extendí antes demasiado): 1. Derechos (y de forma especial, el de la vivienda). 2. Amabilidad (incidiendo especialmente en el tráfico). 3. Rehabilitación (atendiendo a su impacto en el empleo). 4. Soterramiento (más razonable, pero definitivamente resuelto). 5. Cultura (en el más amplio sentido de la palabra, y atendiendo especialmente a la cultura de la sostenibilidad).

-Un eslogan.
Una ciudad amable. Tenga en cuenta que la amabilidad sólo se consigue en un contexto de justicia social, sin violencias contenidas. Sólo en el cumplimiento de los derechos, y en un contexto de igualdad. Esa palabra, amabilidad, vale mucho. Lo mismo que la palabra ciudad. Y juntas, ya ni le cuento.

-¿Qué heredará de Alfonso Sánchez?
Una gran coherencia en su trabajo. Y un gran trabajo. Un programa magnífico. Un conocimiento profundo de la ciudad, especialmente de esa ciudad que menos se conoce. Una actitud. Y una enorme simpatía. Y, por supuesto, todo lo que le queda por hacer como concejal, que aún no conocemos.

-¿Cuál sería el mejor escenario político a imaginar en el Ayuntamiento tras mayo de 2011? ¿Cree necesarias las alianzas previas con el PSOE?
Quince concejales de IU, 7 del PSOE y 7 del PP. Me gusta. Más de 15 no es bueno, porque se pierde tensión. Y nada de alianzas previas. Si se presentan distintos partidos con distintos programas es para defenderlos por separado.

-En clave electoral, ¿beneficia o perjudica a IU el descontento nacional con el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero?
Visto en plan cicatero, beneficia. Pero en realidad nos perjudica a todos.

-Y antes de terminar, desmonte la teoría del voto útil.
En las elecciones municipales de Valladolid es evidente que el voto a Izquierda Unida es útil: siempre ha tenido representación. Pero en cualquier caso (y perdón por la perogrullada) el voto es siempre útil.

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