Dispuestos a dar la batalla


Hay que hablar de la crisis. No podemos plantear un programa político haciendo como que no pasa nada. Todo lo contrario: pasa mucho. De hecho, casi no se habla de otra cosa y los comentarios se multiplican. Por supuesto, domina la perplejidad. ¿Es esta una crisis no real, financiera, ficticia? A Zapatero se le ha achacado que, como toda explicación, hable del “problema de los bonos soberanos”, o que “los mercados están atacando nuestra deuda”, como si toda la población fuese licenciada en Economía. ¿No se puede explicar de otra forma? Pero, claro, es que Bernanke (a quien Obama ha mantenido como presidente de la Reserva Federal), “reconoció que realizar pronósticos económicos en el contexto actual es algo así como leer las entrañas de un animal”. Alejandro Nadal, que lo relata, comenta: “Para provenir de un presidente de banco central, es una confesión asombrosa”.

Sin embargo, sí que hay una serie de asuntos que parecen más o menos claros. El primero, que aquí quien parece estar mandando son los bancos. Una vez que han respirado, se han hecho con el mando para insistir en más de lo mismo. En segundo lugar, las discrepancias sobre las medidas a tomar. Están quienes (como Bernanke, una vez que abrió el animal) piensan que el primer problema es el de los equilibrios macroeconómicos (alojados en los bancos nacionales) y aquéllos (como Krugman), más cercanos al sector productivo, que opinan que la prioridad es estimular el crecimiento y reducir el paro. El presidente del Partido Socialista Europeo y exprimer ministro de Dinamarca, Poul Nyrup Rasmussen, ha declarado que “lo que Ángela Merkel está proponiendo es matar el crecimiento (…). Nosotros tenemos una estrategia de salida de la crisis distinta, que implica un equilibrio entre la consolidación presupuestaria, por una parte, y el empleo y el crecimiento por otra”. Y en este contexto, Emmanuel Rodríguez va más al fondo. Advierte sobre el hecho de que se insista en una supuesta escasez: “El problema no es la escasez –porque ésta sencillamente no existe-, sino la distribución de la riqueza” (Diagonal).

Hay una serie de asuntos que se mueven en paralelo. 1º. La dificultad para hacer mella en este proceso. Serge Halimi, en Le Monde Diplomatique, destaca (“El gobierno de los bancos”) la dificultad para modificar este proceso cuando los políticos dependen del poder financiero. Son esclavos de las finanzas desde hace décadas. Las inyecciones de dinero, de montones de millones de euros, están consiguiendo que los bancos tengan beneficios, mientras que a continuación se anuncian, como hace Sarkozy, que por razones de rigor presupuestario no se prorrogará una ayuda excepcional de 150 euros a las familias en dificultades. “De crisis financiera en crisis financiera, crece la convicción de que el poder político ajusta su conducta a la voluntad de los accionistas”. Hernández Vigueras (en Público), entiende que “los bancos han logrado un tercer deseo: gobernar de facto a los países y sin riesgo político”.

2º. En el contexto europeo es muy ilustrativo el vídeo de Cohn-Bendit (muy recomendable), en el que criticó ante el Parlamento Europeo el cinismo o la hipocresía de la Europa rica, que obliga a Grecia a adoptar una serie de medidas de dudosa eficacia, pero desde luego imposibles de cumplir, y con beneficio para los países prestamistas. Este Parlamento, por lo que se ve, está escorado en la línea del caos (según la teoría de Naomi Klein).

3º. En nuestro país parece que también se tema que la salida sea la de siempre. En el Manifiesto por Madrid (publicado en Diagonal) se advierte: “No parece que la crisis vaya a traducirse en ningún cambio de orientación del mercado; al contrario, probablemente ahondará en una nueva oleada de privatizaciones y de políticas pro-crecimiento”.

4º. Así las cosas no es de extrañar la creciente desconexión de los ciudadanos con sus representantes. Lluís Bassets cree que que esa desafección está llevando al poder a grupos peligrosos (que más que resolver, van a echar más leña al fuego), como el xenófobo Partido de la Libertad de Geert Wilders en Holanda. Andreu Missé comenta cómo la izquierda, la socialdemocracia clásica, pierde peso en los gobiernos por una incapacidad para responder a los desafíos actuales. En este sentido alude a Jáuregui, que opina que la izquierda sigue dando respuestas en clave nacional, cuando los problemas del mundo se gobiernan en mesas internacionales. Europa “sigue arrastrando los pies y compite cada vez peor en un mundo al que se han incorporado mil millones de trabajadores”.

Entre las propuestas están las de Larry Elliot, quien argumenta (Attac, 7 de junio) que lo fundamental sería lograr la fragmentación de los grandes bancos (respondiendo así a su prepotencia). Martín Seco cree que en estos momentos “es importante no confundir el Estado de beneficencia con el Estado social”. Y así considera que “los servicios públicos deben ser universales”, para todos y pagados por todos. Por eso “no está mal pagar la sanidad o la educación a las clases altas: incluso es conveniente, con tal de que al mismo tiempo tengan que contribuir fuertemente por renta, patrimonio y sucesiones” (Público). Juan Torres insiste: “No es sólo la economía, es la democracia”. Y Ramoneda, considera que estamos en una situación “más ideológica que nunca. Y los economistas son los ideólogos del momento”. Cuando la economía “prevalece sobre la política, la socialdemocracia es la primera víctima. Pero no la última: ¿es compatible el determinismo de los mercados con la autonomía y la libertad que caracteriza a la democracia?”. Según él “hay un desafío abierto de los mercados –del poder financiero- contra la política, para consolidar la sumisión de los gobiernos”. Pero, según cree, “no se aprecia indicio alguno de que (nuestros gobernantes) estén dispuestos a dar la batalla”.


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